Carmilla
Carmilla »El forastero, tras ver todo esto, bajó del campanario, tomó las envolturas mortuorias del vampiro, y se las llevó a la cima de la torre, en la que volvió a apostarse. Cuando el vampiro volvió a sus merodeos y echó en falta su ropaje, le gritó enfurecido al moravo, al que vio en la cima de la torre, y que, en réplica, le llamó con señas a que subiera a por él. A esto, el vampiro aceptando su invitación, se puso a subir al campanario, y, en cuanto hubo llegado al almenaje, el moravo, golpeándole con su espada, le partió la cabeza en dos, arrojándole al cementerio, donde, tras descender por las escaleras de caracol, el forastero le siguió y le cortó la cabeza; y al día siguiente entregó su cabeza y cuerpo a los habitantes del pueblo, que lo empalaron y quemaron debidamente.
»Aquel noble moravo tenía la autorización del entonces cabeza de familia para trasladar la tumba de Mircalla, condesa de Karnstein, cosa que hizo, de modo que, al poco tiempo, su localización quedó completamente olvidada.
—¿Puede indicarnos dónde estaba? —preguntó el general, con impaciencia.
El hombre del bosque negó con la cabeza y sonrió.
—Ningún alma viviente podría decirle eso ahora —dijo—. Además, dicen que su cuerpo fue trasladado; pero nadie está seguro de eso tampoco.