Carmilla
Carmilla El encuentro
»Mi querida niña —reanudó— estaba ahora empeorando rápidamente. El médico que la cuidaba no habÃa logrado torcer en nada el curso de su enfermedad, ya que eso suponÃa yo entonces que era. Se dio cuenta de mi preocupación, y sugirió una consulta. Llamé a un hábil médico de Gratz. Transcurrieron varios dÃas hasta su llegada. Era un hombre bueno y piadoso; al mismo tiempo que sabio. Después de visitar a mi pupila, los dos médicos se retiraron a mi biblioteca para conferenciar y discutir. Yo, desde la habitación contigua, donde esperaba que me llamaran, oÃa las voces de aquellos caballeros alzándose a un tono un poco más agudo que el de una estricta discusión filosófica. Llamé a la puerta y entré. Encontré al viejo médico de Gratz defendiendo su teorÃa. Su rival le combatÃa, ridiculizándole sin disimulo, entre grandes risotadas. Aquella indecorosa exhibición se desvaneció, y el altercado terminó cuando yo entré.
»—Caballero —dijo mi primer médico—, mi docto colega parece opinar que necesita usted un exorcista, y no un médico.
»—Discúlpeme —dijo el anciano médico de Gratz, con aire disgustado—; expondré mi punto de vista del caso a mi modo en otro momento. Lamento, señor general, no poder serle útil con mi destreza y mi ciencia. Antes de irme tendré el honor de sugerirle algo.