Carmilla

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»Parecía pensativo; se sentó frente a una mesa y se puso a escribir. Profundamente decepcionado saludé con una inclinación de cabeza, y, cuando me volvía para irme, el otro médico me señaló, por encima de su hombro, a su compañero que estaba escribiendo, y, luego, con un encogimiento de hombros, se llevó significativamente un dedo a la sien.

»Aquella consulta me dejó, pues, exactamente tal como estaba antes. Salí a pasear por el campo, casi enloquecido. A los diez o quince minutos me alcanzó el médico de Gratz. Se disculpó por haberme seguido, pero dijo que, en conciencia, no podía irse sin decir algunas palabras. Me dijo que no podía estar equivocado; que ninguna enfermedad natural presentaba los mismos síntomas; y que la muerte estaba ya muy próxima. Quedaban, sin embargo, un día o dos de vida. Si el ataque fatal se detenía de inmediato, quizá, con mucho cuidado y destreza, sus energías podrían restaurarse. Pero todo pendía ya sobre los límites de lo irrevocable. Un ataque más podría extinguir la última chispa de vitalidad que, en todo momento, está presta a morir.

»—¿Y cuál es la naturaleza del ataque del que usted habla? —imploré.


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