Carmilla
Carmilla »—Lo expongo todo en esta nota que pongo en sus manos, con la precisa condición de que mande a por el sacerdote más próximo y abra mi carta en presencia suya, y de que no la lea hasta que esté a su lado; de otro modo quizá no hiciera caso a su contenido, y es una cuestión de vida o muerte. Si no encuentra a un sacerdote, entonces léala.
»Me preguntó, antes de despedirse, si yo querrÃa hablar con un hombre sobresalientemente docto en aquel mismo tema, y que, después de leer su carta, probablemente me interesarÃa por encima de todos los demás; y me urgió vehementemente a invitarle a una visita; y con esto se despidió.
»El sacerdote estaba ausente, y leà la carta yo solo. En otro momento, o en otra situación, aquello hubiera podido excitar mi sentido del ridÃculo. Pero ¿cuál es la charlatanerÃa a la que la gente no se arroja en busca de una última oportunidad, cuando todos los medios habituales han fracasado y la vida de un ser querido está en peligro?