Carmilla

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»Me oculté en el oscuro saloncito que daba a la habitación de la pobre sufriente, en la que ardía una vela, y esperé hasta que se quedó profundamente dormida. Me quedé a la puerta, atisbando por la estrecha rendija, con la espada sobre la mesa a mi lado, tal como prescribían las indicaciones, hasta que, un poco después de la una, vi un gran objeto negro, muy indistinto, reptar, según me pareció, al pie de la cama, y extenderse rápidamente hasta la garganta de la pobre muchacha, donde, a los pocos instantes, se hinchó en una gran masa palpitante.

»Durante unos momentos me quedé petrificado. Luego salté hacia adelante, espada en mano. La criatura negra se contrajo súbitamente hacia el pie de la cama, se deslizó al suelo, y allí, erguida como una yarda del pie de la cama, con una mirada alerta de ferocidad y horror fija en mí, vi a Millarca. Especulando en no sé qué, la golpeé instantáneamente con mi espada; pero la vi junto a la puerta, ilesa. Horrorizado, avancé, y volví a golpear. ¡Se había ido! Y mi espada se rompió en pedazos contra la puerta.

»No puedo describirles todo lo que ocurrió esa horrible noche. Toda la casa estaba despierta y estremecida. El espectro de Millarca se había ido. Pero su víctima empeoraba, y, antes de que asomara el alba, murió».


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