Carmilla

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El anciano general estaba muy afectado. No le hablamos. Mi padre se alejó un poco, y se puso a leer las inscripciones de las tumbas; y, ocupado en eso, cruzó la puerta de una capilla lateral para continuar sus investigaciones. El general estaba apoyado contra el muro, con los ojos secos, y suspiraba pesadamente. Me alivió oír las voces de Carmilla y Madame, que en aquel momento se aproximaban. Las voces se apagaron.

En aquella soledad, habiendo acabado de escuchar una historia relacionada con los poderosos y nobles difuntos cuyos monumentos funerarios, en torno nuestro, se consumían entre el polvo y el liquen, y cada uno de cuyos incidentes se emparentaba tan horriblemente con mi propio caso misterioso, en aquel lugar infectado, oscurecido por las torres de follaje que se elevaban por todos lados, densas y altas, por encima de los silenciosos muros, el horror empezó a deslizarse en mí, y mi ánimo flaqueó al pensar que, después de todo, mis amigas no estaban a punto de entrar y turbar aquella escena triste y ominosa.

El anciano general tenía la mirada fija en el suelo, y la mano apoyada en el basamento de un deteriorado monumento funerario.



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