Carmilla

Carmilla

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Debajo del arco de una estrecha puerta rematada por una de esas figuras demoníacas y grotescas en las que se complacía la cínica y siniestra imaginación de la talla gótica, vi, muy contenta, el hermoso rostro y figura de Carmilla, que entraba en la capilla umbrosa.

Yo estaba a punto de ponerme en pie y hablar, y, sonriendo, hacía un signo de cabeza en respuesta a la sonrisa peculiarmente atractiva de Carmilla, cuando, con un grito, el anciano, a mi lado, asió el hacha del leñador y se abalanzó hacia adelante. Al verle, un cambio brutal se produjo en las facciones de Carmilla. Sufrió una transformación instantánea y horrible mientras retrocedía acuclillándose. Antes de que yo hubiera podido proferir un grito, la golpeó con toda su fuerza; pero ella esquivó el golpe, e, ilesa, le asió la muñeca con su pequeño puño. Él luchó unos momentos para liberarse el brazo, pero se le abrió la mano, el hacha cayó al suelo, y la muchacha había desaparecido.

Se tambaleó hasta apoyarse contra el muro. Su cabello gris estaba alborotado en su cabeza, y su cara brillaba, húmeda, como si estuviera a punto de morir.

La espantosa escena había transcurrido en unos pocos momentos. La primera cosa que recuerdo después de ella es a Madame a mi lado, repitiéndome, impacientemente, una y otra vez, esta pregunta:

—¿Dónde está la señorita Carmilla?

Finalmente, respondí.


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