Carmilla
Carmilla —No lo sé… No sabrÃa decir…; se fue allá… —y señalé la puerta por la que Madame acababa de entrar—, hace tan sólo uno o dos minutos.
—Pero si yo he estado allÃ, en el corredor, desde que entró Mademoiselle Carmilla, y no ha vuelto a pasar…
Entonces se puso a gritar «Carmilla» por todas las puertas y pasillos, y a través de las ventanas; pero no hubo respuesta.
—¿Se hacÃa llamar Carmilla? —preguntó el general, todavÃa agitado.
—Carmilla, sà —respondÃ.
—Sà —dijo él—, es Millarca. Es la misma persona que hace mucho tiempo se llamaba Mircalla, condesa de Karnstein. Váyase de este suelo maldito, mi pobre niña, lo más aprisa que pueda. Vaya a la casa del sacerdote, y quédese allà hasta que nosotros lleguemos. ¡Váyase! ¡Ojalá pueda no volver a ver a Carmilla! No la encontrará aquÃ.