Carmilla
Carmilla Comprobación y ajusticiamiento
Mientras él hablaba, entró en la capilla, por la misma puerta por la que Carmilla habÃa entrado y salido, uno de los hombres de aspecto más extraño que haya yo visto jamás. Era alto, estrecho de pecho, encorvado, de hombros cargados, y vestido de negro. Su rostro era moreno y seco, con profundas arrugas. Llevaba un sombrero de forma extraña, de ala ancha. El cabello, largo y grisáceo, le colgaba sobre los hombros. Llevaba gafas de oro, y caminaba lentamente, con un curioso contoneo bamboleante, y en su cara, a veces vuelta hacia el cielo, a veces inclinada hacia el suelo, parecÃa haber una sonrisa perpetua. Sus largos y delgados brazos le bailaban, colgantes, y sus manos descarnadas, con viejos guantes negros demasiado anchos para ellas, ondulaban y gesticulaban en profundo ensimismamiento.
—¡El hombre en persona! —exclamó el general, avanzando con manifiesto placer—. Mi querido barón, ¡cuánto me alegro de verle! No esperaba encontrarle tan pronto.