Carmilla
Carmilla —Es hora de volver, pero, antes de ir a casa, debemos añadir a nuestro grupo al buen sacerdote, que vive a poca distancia de aquÃ, y convencerle para que nos acompañe al schloss.
Tuvimos éxito en esta gestión; y me sentà encantada de llegar a casa, porque estaba indeciblemente cansada. Pero mi satisfacción se cambió en desaliento al descubrir que no habÃa ni rastro de Carmilla. No se me dio ninguna explicación de la escena que habÃa tenido lugar en la capilla en ruinas, y estaba claro que aquello constituÃa un secreto que, por el momento, mi padre tenÃa la intención de no revelarme.
La siniestra ausencia de Carmilla me hizo aún más horrible el recuerdo de la escena. Las disposiciones para aquella noche fueron singulares. Dos criadas y Madame iban a permanecer aquella noche en mi habitación, y el hombre de iglesia montarÃa guardia, junto a mi padre, en la antecámara anexa.
El sacerdote habÃa celebrado ciertos ritos solemnes aquella noche, ritos cuya razón no comprendà mejor que la razón de aquella extraordinaria precaución tomada para mi seguridad durante el sueño.
Lo vi todo claro al cabo de unos pocos dÃas.
La desaparición de Carmilla se vio seguida por la interrupción de mis sufrimientos nocturnos.