Carmilla
Carmilla Con la ayuda del leñador, que no tardó en volver, se puso al descubierto una inscripción monumental y un escudo tallado. Resultó tratarse del perdido monumento funerario de Mircalla, condesa de Karnstein.
El anciano general, aunque no muy dado, me temo, al humor de los rezos, elevó las manos y los ojos al cielo, en muda acción de gracias, durante unos momentos.
—Mañana —le oí decir— estará aquí el comisionado, y la Inquisición actuará de acuerdo con la ley.
Luego, volviéndose hacia el viejo de las gafas de oro que antes he descrito, le tomó calurosamente ambas manos, y dijo:
—Barón, ¿cómo puedo agradecérselo? ¿Cómo podemos todos nosotros agradecérselo? Habrá usted liberado a esta región que ha azotado a sus habitantes durante más de un siglo. El horrendo enemigo, gracias a Dios, está por fin acosado.
Mi padre se llevó a un lado al forastero, y el general les siguió. Supe que les había llevado donde no les oyeran para poder contar mi caso, y les vi lanzarme rápidas y frecuentes miradas mientras tenía lugar la conversación.
Mi padre vino a mí, me besó una y otra vez, y, llevándome fuera de la capilla, me dijo: