Carmilla
Carmilla Había establecido su residencia en Gratz, donde, dado que vivía con una pobre renta que era lo único que le quedaba de las posesiones en otro tiempo principescas de su familia en la Estiria Superior, se dedicó a la minuciosa y laboriosa investigación de la tradición, maravillosamente autentificada, del vampirismo. Se sabía al dedillo todas las grandes y pequeñas obras sobre el tema: Magia Posthuma, Phlegon de Mirabilius, Augustinus de cura pro Mortuis, Philosophicae et Christianae Cogitationes de Vampiris, de Juan Crisóstomo Herenberg, y mil otras, entre las cuales recuerdo tan sólo unas pocas de las que prestó a mi padre. Tenía un voluminoso registro de todos los casos judiciales, y de él había extraído un sistema de principios que, según parece, gobiernan (algunos siempre, y otros tan sólo ocasionalmente) la condición del vampiro. Puedo mencionar, de paso, que la palidez mortal que se atribuye a esa clase de reaparecidos es tan sólo una ficción melodramática. Presentan, en la tumba, y cuando se muestran en la sociedad humana, una apariencia de vida saludable. Cuando se les expone a la luz en sus féretros, muestran todos los síntomas que han sido enumerados entre aquellos que presentaba la vida de vampiro de la condesa de Karnstein, tanto tiempo difunta.