Carmilla
Carmilla La dama arrojó sobre su hija una mirada que me pareció no ser todo lo afectuosa que hubiera podido preverse con base en el comienzo de la escena; luego le hizo a mi padre una breve seña con la cabeza, y se apartó con él algunos pasos, donde no pudieran ser oÃdos; y le habló con expresión rÃgida y severa, en nada semejante a aquella con la que habÃa hablado hasta entonces.
Yo estaba llena de asombro de que mi padre pareciera no percibir el cambio, y también tenÃa una indecible curiosidad por averiguar qué podÃa estar diciéndole, casi al oÃdo, con tanta vehemencia y velocidad.
Dos o tres minutos como mucho, según creo, se mantuvo en aquella ocupación; luego se volvió, y en unos pocos pasos llegó donde yacÃa su hija, asistida por Madame Perrodon. Se arrodilló un momento junto a ella y le susurró al oÃdo, según supuso Madame, una breve bendición; luego, tras besarla apresuradamente, volvió a subir al carruaje, se cerró la puerta, los lacayos, con espléndidas libreas, se subieron detrás de un salto, los jinetes delanteros espolearon a sus bestias, los postillones hicieron chasquear sus látigos, los caballos rompieron súbitamente en un brioso trote que amenazaba con no tardar en volver a convertirse en un galope, y el carruaje avanzó velozmente, seguido, al mismo ritmo rápido, por los dos jinetes de retaguardia.