Carmilla
Carmilla Yo iba a añadir mis consuelos a los de Madame Perrodon cuando Mademoiselle De Lafontaine me puso la mano sobre el brazo, diciendo:
—No se acerque, una sola persona a un tiempo es el máximo de con quien puede conversar; la más mÃnima excitación podrÃa ahora abrumarla.
En cuanto estuviera confortablemente instalada en la cama, pensé, correrÃa a su habitación a verla. Mi padre, entretanto, habÃa enviado a un sirviente a caballo a buscar al médico, que vivÃa a unas dos leguas; y estaba siendo preparado un dormitorio para acoger a la joven dama.
Ahora la forastera se puso en pie, y, apoyándose en el brazo de Madame, caminó lentamente sobre el puente levadizo y cruzó la puerta del castillo.
La servidumbre esperaba en el vestÃbulo para recibirla, y fue conducida inmediatamente a su habitación.
La sala en la que habitualmente nos instalábamos, usándola de saloncito, tenÃa cuatro ventanas que, por encima del foso y del puente levadizo, miraban al panorama boscoso que antes he descrito.