Carmilla
Carmilla —No creo que lo haga —dijo mi padre, con una misteriosa sonrisa y un pequeño signo de cabeza, como si supiera más de lo que deseaba decirnos.
Esto me produjo todavÃa más curiosidad acerca de lo que habÃa ocurrido entre él y la dama de terciopelo negro en la breve, pero intensa entrevista que habÃa precedido la inmediata partida de la dama.
Apenas estuvimos solos, le supliqué que me lo contara todo. Mi padre no necesitaba que le apremiaran demasiado.
—No hay ninguna razón especial por la que no debiera contártelo. Me expresó su resistencia a molestarnos con el cuidado de su hija, diciendo que era de salud delicada, y nerviosa, aunque no sujeta a ninguna clase de ataque (dijo esto por propia iniciativa), ni a ilusiones, ya que, de hecho, está perfectamente cuerda.
—¡Es realmente curioso decir todo esto! —incid×. Era realmente innecesario.