Carmilla

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—¡Y qué voz tan dulce! —añadió Madame Perrodon.

—¿No observaron a una mujer, dentro del carruaje, cuando volvió a ponerse en marcha —inquirió Mademoiselle—, que no había salido, y que tan sólo miraba por la ventana?

—No, no la habíamos visto.

Entonces describió a una horrenda mujer negruzca, con una especie de turbante de colores en la cabeza, que miraba todo el tiempo por la ventana del carruaje, haciendo gestos y muecas de irrisión hacia las damas, con ojos brillantes y los globos oculares grandes y blancos, y los dientes apretados como si estuviera enfurecida.

—¿No observaron qué grupo de hombres de mal aspecto eran los sirvientes? —preguntó Madame.

—Sí —dijo mi padre, que acababa de entrar—. Unos tipos tan feos y de aspecto tan vil como no había visto en mi vida. Espero que no roben a la pobre dama en el bosque. Son tipos listos, sin embargo; lo pusieron todo en orden en un minuto.

—Yo diría que están cansados por exceso de trayecto —dijo Madame—. Además de tener un aire maligno, sus caras estaban delgadas, y sombrías, y hoscas. Soy muy curiosa, lo confieso; pero diría que la joven dama nos lo contará todo mañana, si se ha recobrado lo suficiente.


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