Carmilla
Carmilla Sus hábitos. Un paseo
Te he dicho que estaba encantada con ella en la mayorÃa de las cosas.
HabÃa algunas que no me gustaban tanto.
Su estatura era un poco superior a la media entre las mujeres. Empezaré por describirla. Era delgada, y maravillosamente grácil. Sólo que sus movimientos eran lánguidos… muy lánguidos… Aunque no habÃa nada en su apariencia que delatara a una inválida. Su tez era dulce y radiante; sus facciones, pequeñas y hermosamente formadas; sus ojos grandes, oscuros y lustrosos; su pelo era absolutamente maravilloso: jamás he visto cabellera tan magnÃficamente densa y larga, cuando se la dejaba caer sobre la espalda; a menudo le pasé la mano por debajo, y me reÃ, asombrada, de lo que pesaba. Era el suyo un cabello fino y suave, de un rico color castaño muy oscuro, levemente dorado. Me gustaba soltárselo, cediendo a su propio peso, y, cuando estaba en su habitación, tumbada sobre su silla, hablando con su dulce voz baja, solÃa yo recogérselo y trenzárselo, y extenderlo, y jugar con él. ¡Cielos! ¡Si lo hubiera sabido todo!