Carmilla

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En ciertos aspectos, sus costumbres eran extrañas. Quizá no tan singulares en la opinión de una persona de ciudad como tú como para nosotros, que éramos gente rústica. Solía bajar muy tarde, generalmente no antes de la una; se tomaba una taza de chocolate, pero no comía nada; luego íbamos a dar un paseo, que era un mero haraganeo, y, casi inmediatamente, parecía agotada, y o volvía al schloss o se sentaba en alguno de los bancos situados, aquí y allí, entre los árboles. Era ésa una languidez corporal con la que su mente no concordaba. Era invariablemente una animada conversadora, y muy inteligente.

A veces, aludía por un instante a su hogar, o mencionaba un incidente o una situación, o un recuerdo temprano, que señalaban a una gente de extrañas maneras, y describía costumbres de las que nosotros no sabíamos nada. Deduje, por estos ocasionales atisbos, que su país natal era mucho más remoto de lo que al comienzo había imaginado.

Cierta tarde, mientras estábamos sentadas bajo los árboles, pasó junto a nosotras un cortejo fúnebre. Era el de una linda muchachita a la que yo había visto a menudo, hija de uno de los guardas del bosque. El pobre hombre caminaba detrás del féretro de su niña; era su única hija, y se le veía con el corazón destrozado. Detrás caminaban los campesinos, de dos en dos, cantando un himno fúnebre.


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