Carmilla

Carmilla

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Me levanté en signo de respeto mientras pasaban, y me uní a ellos en el himno que cantaban muy dulcemente.

Mi compañera me sacudió un tanto brutalmente, y me volví, sorprendida. Me dijo, con brusquedad:

—¿No te das cuenta de lo discordante que es?

—Al contrario, me parece muy dulce —respondí, molesta por la interrupción, y muy incómoda por si la gente que componía el pequeño cortejo observaba lo que ocurría y se ofendía.

Reanudé el canto, en consecuencia, instantáneamente, y de nuevo me vi interrumpida.

—Me rompes los oídos —dijo Carmilla, casi coléricamente y tapándose los oídos con sus delgados dedos—. Además, ¿por qué supones que tu religión y la mía sean la misma? Tus formas me hieren, y odio los funerales. ¡Menudo alboroto! ¡Bueno, tú morirás!… Todo el mundo morirá; y todos serán más felices cuando lo hagan. Vayámonos a casa.

—Mi padre se ha ido al cementerio con el sacerdote. Yo creía que ya sabías que iban a enterrarla hoy.

—¿A ella? No me molesto por campesinos. No sé quién es —respondió Carmilla, con un destello fugaz en sus hermosos ojos.

—Es la pobre niña que imaginó ver un fantasma hace un par de semanas, y que ha estado muriéndose desde entonces, hasta que ayer expiró.


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