Carmilla
Carmilla Allà se sentó. Su rostro experimentó un cambio que me alarmó e incluso me aterró por unos momentos. Se hizo sombrÃo, y se puso horriblemente lÃvido; tenÃa el ceño y los labios fruncidos mientras miraba hacia el suelo a sus pies, y temblaba de pies a cabeza con un continuo estremecimiento tan irreprimible como el del paludismo. Todas sus energÃas parecÃan tensarse para evitar un ataque contra el que libraba, jadeante, un combate supremo; y, finalmente, surgió de ella un prolongado grito convulsivo de sufrimiento, y, gradualmente, la histeria fue remitiendo.
—¡Mira! ¡Éste es el resultado de estrangular a la gente con himnos! —dijo, finalmente—. Sostenme, sostenme todavÃa. Ya se me pasa.
Y eso fue lo que ocurrió gradualmente; y, quizá para disipar la siniestra impresión que el espectáculo me habÃa producido, se puso inusualmente animada y parlanchina; y volvimos a casa.
Era la primera vez que yo le habÃa visto mostrar sÃntomas definibles de esa fragilidad de salud a la que habÃa aludido su madre. Era también la primera vez que la veÃa mostrar algo parecido a la ira.
Ambas cosas se desvanecieron como nube de verano; y posteriormente, tan sólo una vez presencié un momentáneo signo de furia por su parte. Te diré cómo sucedió.