Carmilla

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Entretanto, el charlatán, en medio del patio, se quitó su grotesco sombrero y nos hizo una muy ceremoniosa reverencia, saludándonos muy volublemente en un francés execrable y en un alemán no mucho mejor. Luego, sacando su violín, empezó a rasgar una tonada muy viva, cantando a su aire con divertida discordancia y bailando con gestos y ademanes cómicos que me hacían reír, a pesar de los aullidos del perro.

Luego avanzó hacia la ventana con muchas sonrisas y saludos, y, con el sombrero en la mano izquierda, el violín debajo del brazo y una fluidez no interrumpida ni para tomar aire, cotorreó un largo anuncio de todos sus talentos, y de todos los recursos de las distintas artes que ponía a nuestro servicio, y de las curiosidades y entretenimientos que tenía en su poder, esperando nuestras órdenes para mostrárnoslos.

—¿No les gustaría a mis señoras comprar un amuleto contra el upiro[1], que, según me han dicho, anda suelto por este bosque como un lobo? —dijo, dejando caer su sombrero en el suelo—. La gente muere de ello a derecha e izquierda, y aquí tengo un encantamiento que jamás falla; basta con prenderlo de la almohada, y podrán reírse en sus narices.

Esos encantamientos consistían en unos fragmentos oblongos de pergamino, con signos cabalísticos y diagramas trazados en ellos.

Carmilla compró uno inmediatamente, y yo otro.


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