Carmilla
Carmilla Él miraba hacia arriba, y nosotros le mirábamos hacia abajo, divertidas; al menos, puedo responder por mà misma. Sus penetrantes ojos negros, mientras miraba nuestros rostros, parecieron detectar algo que por un momento fijó su curiosidad.
Al cabo de un instante habÃa desenrollado un paquete de cuero, repleto de toda clase de pequeños instrumentos de acero.
—Vea, mi señora —dijo, exhibiendo aquello y dirigiéndose a m×. Profeso, entre otras cosas menos útiles, el arte de la dentisterÃa. ¡Maldito sea el perro! —interpoló—. ¡Cállate, bestia! Aúlla de tal modo que mis señoras apenas podrán oÃr ni una sola palabra. Su noble amiga, la joven dama a vuestra derecha, tiene dientes muy afilados… Largos, finos, puntiagudos, como una lanza, como una aguja; ¡ja, ja! Con mi vista aguda y certera, mirando hacia arriba, lo he visto claramente; pues bien, si resulta que esto molesta a mi joven señora, y pienso que sÃ, aquà estoy yo, aquà está mi lima, aquà mi punzón, aquà mis pinzas; los voy a redondear y a hacer romos, si mi señora lo desea; ¡no más dientes de pez, sino de hermosa joven que es! ¿Eh? ¿Se ha disgustado la joven dama? ¿He sido demasiado atrevido? ¿La he ofendido?
La joven dama, a decir verdad, parecÃa muy irritada cuando se apartó de la ventana.