Carmilla
Carmilla —¿Cómo se atreve ese charlatán a insultarnos? ¿Dónde está tu padre? Le pediré que haga justicia. Mi padre lo hubiera atado a la bomba de agua y lo hubiera azotado con un látigo para caballos, y le hubiera quemado hasta los huesos con hierro al rojo con el blasón del castillo.
Se apartó uno o dos pasos de la ventana, y se sentó; y, apenas hubo perdido de vista al ofensor, su ira se disipó tan súbitamente como habÃa surgido, y volvió gradualmente a su tono normal, pareciendo olvidarse del pequeño charlatán y de sus tonterÃas.
Mi padre estaba aquella noche de humor abatido. Al llegar nos contó que se habÃa producido otro caso muy similar a los dos casos mortales que habÃan tenido lugar últimamente. La hermana de un joven campesino de sus dominios, a tan sólo una milla, estaba muy enferma; según la descripción de la propia enferma, habÃa sido atacada casi del mismo modo, y estaba ahora empeorando lenta, pero constantemente.
—Todo esto —dijo mi padre— hay que referirlo estrictamente a causas naturales. Esa pobre gente se contagian unos a otros con sus supersticiones, y de este modo repiten, en su imaginación, las imágenes de terror que han atormentado a sus vecinos.
—Pero esa misma circunstancia la asusta a una horriblemente —dijo Carmilla.
—¿Cómo eso? —inquirió mi padre.