Carmilla
Carmilla El médico vino más tarde, aquel mismo dÃa, y se encerró con papá durante un buen rato. Era un hombre hábil, de sesenta y tantos; llevaba el cabello empolvado y se afeitaba la cara hasta dejarla tan lisa como una calabaza. Él y papá salieron juntos de la habitación, y oà reÃr a papá, y decir, mientras salÃan:
—Bueno, me asombra esto en un hombre sensato como usted. ¿Qué me dice de hipogrifos y dragones?
El médico sonreÃa, y respondió, meneando la cabeza:
—Pese a todo, la vida y la muerte son estados misteriosos, y sabemos poco de los resortes de uno y otro.
Y, con esto, salieron de la habitación, y no oà nada más. No sabÃa yo entonces qué habÃa estado exponiendo el médico, pero creo que ahora lo adivino.