Carmilla

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Pero desvió la mirada, y, ante mi sorpresa, pareció escasamente chocado por el hecho, y siguió hablando con el restaurador de pinturas, que tenía también algo de artista, y disertó inteligentemente sobre los retratos u otras obras que su arte acababa de sacar a la luz y al color; mientras, yo me iba quedando cada vez más sumida en el asombro a medida que miraba la pintura.

—¿Me permitirás colgar esta pintura en mi habitación, papá? —pregunté.

—Desde luego, querida —dijo él, sonriendo— estoy encantado de que le veas tanto parecido. Debe ser más bonita incluso de lo que yo pensaba, siendo así.

La joven dama no dio muestra de agradecimiento ante este amable discursillo; ni siquiera pareció oírlo. Estaba echada hacia atrás en su asiento; sus hermosos ojos, bajo sus largas pestañas estaban fijos en mí, contemplándome y sonreía en una especie de éxtasis.

—Y ahora puedes leer con toda claridad el nombre; está escrito en ángulo. No es Marcia; parece como si estuviera hecho en oro. El nombre es Mircalla, condesa Karnstein, y allí hay una pequeña corona heráldica, y, debajo, 1698 D. C. Desciendo de los Karnstein; es decir, mamá descendía de ellos.

—¡Ah! —dijo la dama, lánguidamente—. También yo, según creo; una ascendencia muy remota, muy vieja. ¿Vive ahora algún Karnstein?


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