Carmilla
Carmilla —Ninguno que lleve el apellido, me parece. La familia se arruinó, me parece, en ciertas guerras civiles, hace mucho; pero las ruinas del castillo están a sólo unas tres millas.
—¡Qué interesante! —dijo ella, lánguidamente—. Pero ¡fÃjate qué hermosa luna! —Miraba a través de la puerta del vestÃbulo, que estaba un poco abierta—. ¿Y si diéramos una vuelta por el patio, y fuéramos a echar un vistazo al camino y al rÃo?
—Fue en una noche como ésta que llegaste aquà —dije.
Suspiró, sonriendo.
Se puso en pie, y, cada una rodeando la cintura de la otra con el brazo, salimos al patio empedrado.
Cruzamos en silencio, lentamente, el puente levadizo, y el hermoso paisaje se abrió ante nosotras.
—¿Y estabas asà pensativa la noche que yo llegué? —casi susurraba—. ¿Estás contenta de mi venida?
—Encantada, querida Carmilla —respondÃ.
—Y has pedido la pintura en la que ves un parecido conmigo, para colgarla en tu habitación —murmuró, con un suspiro, apretando más su brazo alrededor de mi cintura y dejando caer su linda cabeza sobre mi hombro.
—¡Qué romántica eres, Carmilla! —le dije—. Si alguna vez me cuentas tu historia, seguro que consistirá sobre todo en algún gran romance.