Carmilla
Carmilla Me besó en silencio.
—Estoy segura, Carmilla, de que has estado enamorada; que, en este mismo momento, tienes en curso algún asunto sentimental.
—Jamás me he enamorado de nadie, y jamás me enamoraré —susurró—; a menos que sea de ti.
¡Qué hermosa estaba esa noche a la luz de la luna!
Su rostro tenÃa una expresión tÃmida y extraña cuando lo ocultó apresuradamente en mi cuello y mis cabellos, con tumultuosos suspiros que parecÃan casi sollozos; y puso en mi mano su mano temblorosa.
Su dulce mejilla ardÃa contra la mÃa.
—Querida, querida mÃa —murmuró—, vivo en ti; y tú morirÃas por mÃ; te amo tanto…
Me aparté de ella súbitamente.
Ella me miraba con unos ojos de los que habÃa desaparecido todo fuego, todo significado, y su rostro estaba sin color ni expresión.
—¿Es frÃo el aire, querida? —dijo, soñolientamente—. Estoy casi temblando; ¿he estado soñando? Vayamos dentro. Entremos, entremos.
—Pareces enferma, Carmilla; un poco débil. Seguro que te irá bien un poco de vino —le dije.