Carmilla
Carmilla ¡Y, realmente, era cierto! Y ella y yo hablamos mucho, y ella estaba muy animada; y el resto de aquella velada transcurrió sin ninguna reaparición de lo que yo llamaba sus apasionamientos. Me refiero a su loca forma de hablar y de mirarme, que me turbaba e incluso me asustaba.
Pero aquella noche se produjo un acontecimiento que orientó mis pensamientos de un modo totalmente nuevo, y que pareció forzar incluso a la lánguida naturaleza de Carmilla a una momentánea energía.