Carmilla

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—Pero no debe ni siquiera soñar en cosa semejante —exclamó mi padre, con gran alivio por mi parte—. No podemos admitir el perderla de este modo, y no consentiré que se vaya como no sea bajo el cuidado de su madre, que tuvo la bondad de consentir en que usted se quedara aquí hasta que ella volviera. Me sentiría realmente feliz si supiera que usted tenía noticias suyas; pero, esta noche, lo que se dice de los progresos de la misteriosa enfermedad que ha invadido este vecindario es aún más alarmante; y, hermosa huésped mía, la responsabilidad, sin contar con la opinión de su madre, me pesa mucho. Pero haré lo que pueda; y una cosa es segura: no debe pensar en dejarnos sin una precisa indicación de su madre a este efecto. Sufriríamos demasiado separándonos de usted para que consintamos en ello tan fácilmente.

—Mil gracias, caballero, por su hospitalidad —respondió ella, sonriendo ruborosamente—. Han sido todos demasiado amables conmigo; pocas veces en mi vida he sido tan feliz como en su hermoso château, bajo su cuidado, y con el trato de su querida hija.

A esto él, galantemente, a su estilo anticuado, le besó la mano, sonriendo, complacido con aquel discursillo. Acompañé a Carmilla a su habitación, como de costumbre, y me senté a charlar con ella mientras se arreglaba para la cama.


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