Carmilla
Carmilla —¿Piensas —le dije, finalmente— que siempre confiarás plenamente en m�
Se volvió en redondo, sonriendo, pero no respondió. Tan sólo siguió sonriéndome.
—¿No vas a responderme? —dije—. No puedes darme una respuesta agradable; no debiera habértelo preguntado.
—Haces muy bien en preguntarme esto, o cualquier otra cosa. No sabes hasta qué punto te quiero, ni puedes imaginar una confianza mayor. Pero estoy atada por unos votos; ninguna monja los ha hecho la mitad de terribles, y todavÃa no me atrevo a contar mi historia, ni siquiera a ti. Está ya muy cerca el momento en que lo sabrás todo. Me creerás cruel y muy egoÃsta, pero el amor es siempre egoÃsta; cuanto más ardiente, más egoÃsta. No sabes lo celosa que estoy. Debes venir conmigo, y amarme, hasta la muerte; o debes odiarme, pero seguir conmigo, y odiarme a través de la muerte y después de ella. No existe la palabra indiferencia en mi apática naturaleza.
—Ahora, Carmilla, te pondrás a hablar otra vez de ese modo absurdo —dije, apresuradamente.
—No lo haré, aun siendo tan tonta como soy, y estando llena de caprichos y fantasÃas; por amor a ti hablaré como una sabia. ¿Has estado en algún baile?
—No. Cuéntamelo. ¿Cómo son? Debe ser realmente encantador.