Carmilla

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Me visitaban durante el sueño ciertas sensaciones difusas y extrañas. La que prevalecía era la de ese agradable estremecimiento peculiar que sentimos al bañarnos, moviéndonos contra la corriente de un río. Pronto se vio acompañada por sueños que parecían interminables, y que eran tan vagos que nunca podía recordar sus escenarios y personajes, ni ninguna porción coherente de su acción. Pero me dejaban una impresión terrible, y una sensación de agotamiento, como si hubiera atravesado un largo período de grandes esfuerzos mentales y peligros. Después de todos esos sueños me quedaba, al despertar, el recuerdo de haberme encontrado en un sitio casi totalmente oscuro, y de haber hablado con gente a la que no podía ver; y, especialmente, el de una voz clara, femenina, muy profunda, que hablaba como de lejos, lentamente y produciéndome siempre la misma sensación de solemnidad y miedo indescriptibles. A veces sobrevenía una sensación como de si una mano se deslizara suavemente por mis mejillas y mi cuello. Otras veces era como si unos cálidos labios me besaran, haciéndolo más larga y amorosamente al llegar a mi garganta; pero ahí la caricia se inmovilizaba. El corazón me latía con más fuerza, mi respiración subía y bajaba rápidamente en fuertes jadeos; venía un sollozo, que crecía en sensación de estrangulamiento, y se transformaba en una terrible convulsión en la que me abandonaban los sentidos y caía inconsciente.


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