Carmilla
Carmilla Carmilla sentÃa por mà más devoción que nunca, y sus extraños paroxismos de lánguida adoración se hicieron más frecuentes. Me acariciaba con ardor creciente a medida que mi fuerza y mis ánimos se desvanecÃan. Eso me producÃa siempre una impresión semejante a un destello de locura.
Estaba yo entonces, sin saberlo, en un grado notablemente avanzado de la más extraña enfermedad que ningún mortal haya sufrido jamás. HabÃa en sus primeros sÃntomas una inexpresable fascinación que me reconciliaba más que de sobra con el efecto incapacitador de esa etapa de la enfermedad. Aquella fascinación aumentó durante un tiempo, hasta alcanzar cierto punto a partir del cual se mezcló en ella, gradualmente, una sensación de lo horrible que fue profundizándose, como verás, hasta decolorar y pervertir todos los aspectos de mi vida.
El primer cambio que experimenté era más bien agradable. Se produjo muy cerca del punto de inflexión en que empezaba el descenso hacia el Averno.