Carmilla

Carmilla

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Toda la casa, con mi padre en cabeza, se encontraba la mañana siguiente en estado de agitación. Todos los rincones del château fueron investigados. Se exploró el suelo. No pudo descubrirse el menor rastro de la dama desaparecida. Estábamos a punto de hacer dragar el riachuelo. Mi padre estaba trastornado: ¿qué historia le contaría a la madre de la pobre muchacha cuando volviera? También yo estaba fuera de mí, aunque mi pesadumbre era de una especie completamente distinta.

Transcurrió la mañana en la alarma y la confusión. Era ya la una, y seguía sin haber noticias. Corrí a la habitación de Carmilla, y me la encontré frente a su tocador. Me quedé atónita. No podía creer a mis ojos. Me llamó con señas de sus lindos dedos, en silencio. Su rostro expresaba un miedo extremo.

Corrí hacia ella en un éxtasis de alegría. La besé y abracé una y otra vez. Corrí a la campanilla y la hice sonar furiosamente, para que los demás vinieran y aliviar de inmediato la inquietud de mi padre.

—¡Querida Carmilla! ¿Qué ha sido de ti todo ese tiempo? Estábamos angustiados al máximo contigo —exclamé—. ¿Dónde has estado? ¿Cómo has vuelto?

—La pasada noche ha sido una noche de prodigios —dijo.

—Por el amor de Dios, explica todo lo que puedas.


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