Carmilla
Carmilla Nada sirvió de nada. Nuestra perplejidad y nuestra inquietud aumentaron. Examinamos las ventanas, pero estaban cerradas. Imploré a Carmilla para que, si se habÃa escondido, no prolongara aquella broma cruel, para que saliera y pusiera fin a nuestra ansiedad. De nada valió. Yo estaba ya por entonces convencida de que no estaba en su habitación, ni en la antecámara, cuya puerta estaba también cerrada con llave por aquel lado. No podÃa haberla cruzado. Yo estaba absolutamente desconcertada. ¿HabrÃa descubierto Carmilla uno de esos pasadizos secretos que, según el ama de llaves, se sabÃa que existÃan en el schloss, aunque se habÃa perdido la tradición de su situación exacta? No pasarÃa mucho rato sin que, sin duda, se explicara todo, por desconcertados que, por el momento, estuviéramos.
Eran más de las cuatro, y preferà pasar las horas de oscuridad que quedaban en la habitación de Madame. La luz del dÃa no aportó ninguna solución al problema.