Carmilla
Carmilla El médico
Dado que Carmilla no querÃa ni oÃr hablar de que una criada durmiera en su habitación, mi padre dispuso que un sirviente durmiera frente a su puerta para que no pudiera intentar otra excursión como aquélla sin ser detenida en su misma puerta.
Aquella noche pasó con tranquilidad; y, a la mañana siguiente, el médico, al que mi padre habÃa mandado buscar sin decirme una palabra, vino a visitarme.
Madame me acompañó a la biblioteca. Allà estaba esperándome el grave y pequeño doctor que antes he mencionado, con su cabello empolvado y sus gafas.
Le conté mi historia y, a medida que avanzaba, se fue poniendo cada vez más serio.
Estábamos, él y yo, en el nicho de una ventana, frente a frente. Cuando hube terminado mi exposición, apoyó la espalda en la pared, con la mirada fija en mà con un profundo interés en el que habÃa un destello de horror.
Tras un minuto de reflexión, preguntó a Madame si podÃa ver a mi padre. Se le mandó a buscar, y, cuando entró, sonriendo, dijo:
—Estoy por pensar, doctor, que va a decirme que soy un viejo tonto por haberle hecho venir; espero que asà sea.