Carmilla

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—Indudablemente, es muy curioso; no acabo de entenderlo. Laura, acércate, querida; ahora préstale atención al doctor Spielsberg, y recóbrate.

—Mencionó usted una sensación como de dos agujas que le perforaran la piel, más o menos hacia el cuello, la noche en que experimentó su primer sueño horrible. ¿Sigue produciéndose algún dolor?

—Ninguno en absoluto —respondí.

—¿Puede indicarme con el dedo más o menos el punto en que piensa usted que le ocurrió eso?

—Muy poco por debajo de la garganta… aquí —respondí.

Yo llevaba un vestido de mañana, que dejaba a cubierto el punto que indicaba.

—Ahora se convencerá —dijo el doctor—. No le importará que su papá le desabroche un poquito el vestido. Es necesario para detectar un síntoma del mal que sufre.

Asentí. Era tan sólo una o dos pulgadas por debajo del borde del cuello del vestido.

—¡Dios bendito!… Ahí está —exclamó mi padre, poniéndose pálido.

—Ahora lo ve con sus propios ojos —dijo el médico, con tétrico triunfo.

—¿Qué es? —exclamé, empezando a asustarme.


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