Carmilla
Carmilla —Nada, mi querida damita, tan sólo un punto azul, más o menos del tamaño de la yema de su dedo meñique. Y ahora —prosiguió, volviéndose hacia papá—, la cuestión es: ¿qué es lo mejor que se puede hacer?
—¿Hay algún peligro? —apremié, sumamente agitada.
—ConfÃo en que no, querida —respondió el doctor—. No veo por qué no habrÃa de recobrarse. No veo por qué no habrÃa de empezar a mejorar inmediatamente. ¿Es éste el punto donde empieza la sensación de estrangulamiento?
—Sà —respondÃ.
—Y… recuérdelo lo mejor que pueda…, ¿era el mismo punto una especie de centro de ese estremecimiento que acaba de describir, como la corriente frÃa de un arroyo fluyendo sobre usted?
—Puede que sÃ; creo que sÃ.
—¡Ah! ¿Lo ve? —añadió, volviéndose hacia mi padre—. ¿Puedo decirle unas palabras a Madame?
—Desde luego —dijo mi padre.
Llamó a Madame, y dijo: