Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius El clérigo alto y flaco acabó acercándose a mí, con actitud segura, y poco después hablábamos animadamente. Cuando se encuentran dos personas que gustan de la lectura, que conocen infinidad de libros, que han viajado largamente y que desean conversar, raro es que no hallen temas de conversación propicios. Puedo decir que no hubo nada extraordinario, ni siquiera accidental, en el hecho de que diera el reverendo en acercarse a mí para buscar mi compañía y mi conversación. Por lo demás, sabía alemán y había leído mis viejos ensayos a propósito de la medicina metafísica, unos escritos en los que sugiero, en realidad, mucho más de lo que digo.
El reverendo, un hombre cortés, muy amable y tímido, era, desde luego, un intelectual, un hombre muy culto; pero se movía entre nosotros, hablaba con nosotros, sin ser, evidentemente, uno de nosotros; este hombre, en el que sospechaba yo una vida en constante alarma, una existencia de temores profundamente ocultos, y una reserva con respecto a todo en general, no ya impenetrable para los extraños, sino también para quienes lo frecuentaban con asiduidad y se tenían por sus amigos, no hacía sino sopesar, dar vueltas en su cabeza, a propósito de cuál sería la decisión que habría de tomar al cabo con respecto a mí.