Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius —Doctor Macklin —respondió Barton estremeciéndose—, ya no puedo vivir de falsas esperanzas. Sólo a una puedo aferrarme, y es la confianza en que otro agente espiritual, más poderoso que el que me tortura, luche contra éste y me haga libre… Si eso no acontece, estaré irremisiblemente perdido ahora y para toda la eternidad.
—Mr. Barton, por favor —le dijo el clérigo en tono de súplica—, tenga en cuenta que otros que han sufrido tanto como usted, sin embargo…
—¡No, no y no! —gritó violentamente Barton—. ¡No señor! No soy un hombre crédulo ni supersticioso, no soy… Al contrario, durante mucho tiempo he sido un incrédulo, un escéptico, acaso excesivo… Mas, salvo que rechace los hechos evidentes, salvo que desprecie el testimonio tantas veces repetido, el testimonio perpetuo de mis propios sentidos, me veo ahora en la necesidad de creer, de rendirme a las evidencias, de ceder ante la certidumbre absoluta de que soy perseguido o de que estoy hechizado, me da igual, por el auténtico Diablo.
Un horror sobrenatural cubrÃa el rostro de Barton. Sus rasgos cadavéricos, su rostro bañado en sudor, imploraban una ayuda desesperada al reverendo.
—Que Dios le ampare, mi pobre amigo —dijo el reverendo Macklin, conmocionado—, ¡que Dios se apiade de usted, que Dios le evite tantos sufrimientos! Veo que sufre usted mucho, sea cual sea la causa…