Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius —Todo eso ha llegado a ser algo habitual; no quiero decir que vea todos los dÃas a ese ser, gracias a Dios, pues no podrÃa soportarlo; felizmente, y acaso por intercesión de la misericordia divina, aún se me concede alguna tregua en ese suplicio, ya que no la libertad absoluta… Sin embargo, reverendo, lo que más angustia me causa es el sentimiento, la certeza, mejor dicho, de que allá a donde vaya soy vigilado de continuo por un espÃritu del mal… No me deja un instante… Me asalta cuando quiere y me dirige atroces insultos y blasfemias no menos horribles; oigo a mis espaldas sus gritos, sus berridos, cuando tuerzo una esquina, cuando estoy a punto de dormirme… Sus palabras, además, me acusan de crÃmenes inimaginables por crueles, y me amenaza con no menos crueles venganzas por ellos, me amenaza con la condenación eterna… ¡Oiga! ¿Lo ha oÃdo? —dijo de pronto el capitán Barton con una amarga sonrisa de satisfacción, como si aquello ratificara la veracidad de sus palabras—, ¡allÃ, allÃ…! ¿Me cree ahora?
Para su espanto, en efecto, el reverendo oyó, o creyó oÃr, voces rabiosas que parecÃan llegar con el viento súbitamente fuerte; estremeciéndose, oyó, o creyó escuchar, berridos de burla, palabras inconexas pero hirientes.
—DÃgame, reverendo… ¿Qué piensa usted de todo esto? —le preguntó Barton con la respiración agitada.