Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius —No, seguro que no —le interrumpió el viejo militar—, pero sà sé que todas sus angustias se deben a la frecuente aparición de un hombrecillo ridÃculo, que además lleva una chaqueta y una gorra igualmente ridÃculas, y un chaleco rojo lamentable, y que tiene cara de villano… Sé también que le sale al paso inopinadamente, que lo asalta en cualquier esquina, que le dice no sé qué, y que todo eso lo deja a usted sumido en una grave melancolÃa… Bien, amigo mÃo; déjelo usted de mi mano, que yo mismo me ocuparé de atrapar a ese sujeto infame… Verá usted cómo hago puré a ese estúpido mago de feria… Mejor, no… Haré que lo azoten mientras lo exhiben en una carreta por toda la ciudad.
—General, si usted hubiese tenido las revelaciones que me ha sido dado contemplar, no hablarÃa asà —dijo Barton muy triste—. No piense que soy tan impresionable como para extraer conclusiones sin pruebas tan abrumadoras como terribles… Aquà tengo las pruebas, que tanto me hieren —añadió golpeándose el pecho.
El capitán Barton volvió a suspirar con desesperación. Se levantó luego y comenzó a dar vueltas por la habitación, preso de una evidente angustia.
—Bien, de acuerdo, Barton —dijo el general Montague—. Le apuesto lo que quiera a que no tardo mucho en traerle a ese fantasma de los pelos… Ya verá usted como le desaparecerán entonces todas sus aprensiones…