Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Iba a decir algo más el viejo militar pero se interrumpió de golpe. Barton, que se habÃa acercado a la ventana, retrocedÃa como si le hubiera caÃdo un rayo, señalando con la mano temblorosa hacia la calle, con el rostro y los labios cenicientos.
—¡Ahà está! ¡Ahà está! —gritó.
El general Montague se puso en pie; se acercó a la ventana y vio a alguien de aspecto que se correspondÃa con lo que le habÃan dicho que era la aparición que alteraba la tranquilidad del prometido de su hija. Aquel hombre estaba apoyado en la barandilla de unas escalinatas y se movÃa lentamente, como para irse.
El viejo militar tomó su sombrero y su bastón, corrió escaleras abajo con tanto frÃo como furia, movido por su afán de dar una lección al insolente, mas una vez en la calle todo fue en vano. Miró en derredor suyo y a nadie vio. Aquel sujeto se habÃa esfumado.
Contumaz, fue el general de una a otra esquina, miró a derecha e izquierda, atrás y adelante; cruzó varias calles, volvió sobre sus pasos. Jadeaba el viejo militar, desorbitados sus ojos, concitando la burla y las sonrisas de los viandantes, que lo tomaban por un loco… Cuando reparó en las caras de quienes lo miraban se dio cuenta de lo absurdo de su proceder.