Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Un tribunal de apelación, dispuesto a sancionar con la pena de muerte a un juez proclive a dictarla, era, desde luego, algo que suponía un gran peligro para alguien como él, el muy honorable juez Elijah Harbottle. Tan feroz y desalmado administrador de justicia, que a menudo interpretaba el código penal inglés a su capricho —un código, el de aquel tiempo, dicho sea de paso, hipócrita, sanguinario y brutal—, veía ahora que aumentaban las buenas razones que se decía tener para procesar y castigar duramente a Lewis Pyneweck, en cuyo beneficio, no le cabían dudas, habían montado los conspiradores aquella farsa con el supuesto anciano. Nadie podía albergar ahora la menor duda de que el juez Harbottle iba a impartir justicia con el procesado. Nadie ni nada podría arrebatarle su presa.
Era él. ¿Cómo no había recordado antes que se trataba de aquel tendero de nariz aquilina, algo torcida, flaco, siempre vestido de negro, aquel individuo de Shrewsbury que ya hubo de comparecer en juicio en cierta ocasión por maltratar a su esposa? Sí, aquel sujeto torvo, de pequeños ojos castaños de mirada penetrante, con sus cejas finas y muy negras, con sus labios igualmente finos que mostraban de continuo una sonrisa desagradable. Un bribón, en fin, que tenía una cuenta pendiente con el juez Harbottle. Ése era Lewis Pyneweck, tendero de Shrewsbury, preso en la cárcel de la localidad.