Los archivos del doctor Hesselius

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Nadie, salvo ellos, había en la calle. Se agachó el criado para buscar la moneda en la acera, unos pasos más atrás de donde estaban, cuando el anciano Mr. Peters, que parecía exhausto, que respiraba dificultosamente, le dio un gran empellón y luego descargó en su nuca un fuerte bastonazo, que repitió al momento con gran brío. Desvanecido el joven, Mr. Peters se perdió raudo por un callejón que había más abajo.

Una hora después, la ronda nocturna conducía al criado a la casa del juez. Iba cubierto de sangre y aturdido por los golpes. El juez Harbottle lo maldijo, le insultó groseramente y no le admitió la menor disculpa; aseguró que aquello le había pasado por ir borracho, amenazando acto seguido con procesarle por aceptar sobornos en detrimento de los intereses de su amo, cosa por la que, según le decía a voces, lo conducirían por mitad de la calzada, para que todos le vieran, desde Old Bailey hasta Tyburn[12], subido en la carreta en la que van esos para los que el verdugo prepara la horca.

Al juez parecían sosegarle las amenazas que profería. Por otro lado, ya no le cabían dudas acerca de la pertenencia de su extraño visitante a los conspiradores, aunque pensó también que quizás se tratase de un vulgar salteador de caminos, al que hubieran pagado aquéllos para que le tendiera la trampa que pretendía, haciéndole creer que sólo deseaba prevenirlo. Pensó, tranquilizado, que la añagaza cesaba ahí.


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