Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Cuando el anciano se volvió a él, antes de salir de la casa, para hacerle una cortés reverencia, el juez le pudo ver el rostro mejor iluminado, por la luz más fuerte que habÃa en el vestÃbulo, y sintió vagamente que no era el de aquel hombre un rostro normal, el de un anciano común.
—¡Maldito, ha estado a punto de echarme a perder la fiesta! —masculló el juez al fin, mientras subÃa la escalera para reunirse con sus invitados.
Nadie, empero, le notó nervioso; nadie supo de sus cuitas; por su actitud parecÃa el de siempre.
Lewis Pyneweck
Mientras, el criado enviado por el juez tras Mr. Peters lo alcanzaba casi de inmediato. El anciano, al oÃr los pasos a sus espaldas, se detuvo tranquilamente; fueran los que fuesen sus temores primeros, le desaparecieron al verlo con la librea de la casa del juez. Agradeció el acompañamiento que le brindó el joven, asà como su brazo para apoyarse. Pero apenas habÃan recorrido asà un breve trecho, se detuvo Mr. Peters y exclamó:
—¡Dios mÃo, la he perdido! ¿La ha oÃdo caer usted? Me temo que no pueda agacharme para buscarla, y además, mis ojos… Si me ayuda a buscarla le daré la mitad, amigo mÃo… ¡Es una guinea, nada menos! La llevaba metida en mi guante, pero…