Los archivos del doctor Hesselius

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Por lo demás, no es preciso señalar que el anciano que dijo llamarse Hugh Peters no se presentó esa mañana en la casa del juez. Aunque jamás habló de aquello con nadie, a menudo se acordaba el juez de aquel hombre, de su peluca, de sus trazas, de la trampa que estuvo a punto de tenderle… Su ojo, tan escrutador, tan capaz de observar más allá de las simples miradas, más perspicaz que el de cualquier otro juez, a pesar de los disfraces y de las simulaciones, había descubierto al fin que a despecho de aquella teatralidad con la que se le presentó, haciendo una puesta en escena digna de los mejores teatros, el supuesto Mr. Peters no era otro hombre que el propio Lewis Pyneweck, el que había golpeado de mala manera a su vigoroso y joven criado.

Después ordenó el juez Harbottle a su secretario judicial que se entrevistara con el fiscal general de Su Majestad, a fin de informarle de que merodeaba por la ciudad alguien muy parecido al procesado Lewis Pyneweck, a quien se suponía preso en la cárcel de Shrewsbury, por lo que era urgente averiguar si, a la vez, había alguien en dicha prisión que dijera ser Pyneweck, o si no se encontraba allí alguien así llamado, pues era más que probable, también, y a la vista de los acontecimientos, que el procesado se hubiera evadido.

Mas se supo muy pronto que en efecto Pyneweck estaba en la cárcel; no había dudas acerca de su identidad, no se había fugado.


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