Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius El juez señaló entonces con energía hacia el lugar donde había estado aquel hombre, pero nada pudo decir. Se volvió entonces al ujier, mas cuando intentó hablarle, no le salió la voz, sólo una especie de gruñido, muy apagado además. Entonces carraspeó para aclararse la voz, y al fin pudo decir algo, nerviosamente. Ordenó el arresto de aquel hombre que había interrumpido su discurso en el tribunal.
—Se acaba de ir por allí —decía señalando con un dedo al fondo de la sala—. Tráiganlo bajo arresto a mi presencia; les doy diez minutos para que lo hagan, o de lo contrario despojaré de sus uniformes e insignias a los encargados de guardar el orden y los multaré severamente.
Los miembros del tribunal, los abogados y los fiscales, los asistentes a la sesión, miraron todos en la dirección que señalaba el juez Harbottle con mano temblorosa. Y siguieron después revisando sus notas. En realidad, nadie había interrumpido la sesión. En voz baja se preguntaban si el juez no habría perdido la cabeza por unos instantes.
No produjo resultados la búsqueda. Finalmente, el juez se mostró más moderado que antes en sus acusaciones, y al retirarse el jurado para deliberar miró a su alrededor con el gesto nervioso y amedrentado, como si se desentendiera por completo de la presencia del hombre al que juzgaba.