Los archivos del doctor Hesselius

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—¡Vamos, déjalo ya, que me aburres! Ya tendrás tiempo de llorar, así que contesta a mi pregunta.

Le dijo que Mr. Pyneweck no tenía hermanos vivos. El único que le quedaba había muerto tiempo atrás en Jamaica.

—¿Cómo sabes que está muerto? —volvió a preguntar el juez.

—Porque él me lo dijo…

—¿Quién? ¿El propio muerto?

—No, mi marido.

—¿Eso es todo? —dijo burlón el juez.

Dejó pasar el tiempo. Con el paso de los días, empero, se mostró más malhumorado que sarcástico. Aquel caso le preocupaba más de lo que había supuesto cuando intentó apartarlo de sus pensamientos.

Claro que así acontece con la mayoría de las cosas que atormentan a un hombre; cuando se trata, desde luego, de cosas que no debe comentar abiertamente con cualquiera, ni siquiera de su confianza, pues hacerlo puede costarle funestas consecuencias.

Llegó el día 9 y al fin pudo sentirse relajado el juez Harbottle. Estaba completamente seguro de que nada malo iba a sucederle. Seguía sintiendo, sin embargo, cierta preocupación, pero nada más; se decía que en cuanto pasara aquel día todo habría acabado con bien.


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