Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius El magistrado, preso del pánico, se echó atrás en su asiento. Sus compañeros hicieron una señal con las pistolas, sin decir palabra, y el coche siguió rodando por aquel páramo espectral.
El anciano juez, aun gotoso y aterrado, pensó en la posibilidad de resistirse, pues era hombre corajudo. Pero habían pasado muchos años desde que fue un joven fuerte y atlético.
Lo llevaban por unos parajes desiertos, era del todo imposible recabar ayuda. Podía equivocarse, al tomar por su viejo lacayo a quien había visto, pero de lo que no le cabía la menor duda era de que estaba entre dos extraños que a buen seguro lo llevaban ante la presencia de quien les había encomendado la tarea de capturarlo. Decidió, pues, que nada podía hacer, salvo someterse y esperar acontecimientos.
Poco después el coche disminuía su velocidad hasta quedarse prácticamente parado; tal circunstancia hizo que el juez pudiera contemplar un espectáculo en verdad ominoso a través de la ventanilla.