Los archivos del doctor Hesselius
Los archivos del doctor Hesselius Llegó al final del corredor, atravesó un portalón y se vio ante un estrado, frente a un juez que vestía una túnica escarlata. Estaba en un gran tribunal, en una sala de audiencias enorme. Nada había, sin embargo, y al margen de su amplitud, que diferenciase aquel templo de Temis[20] del resto de las salas de audiencia que conocía. Era un lugar tétrico y frío, a pesar de las muchas velas que le daban luz. Salía ya el último miembro del jurado, pues acababa de verse una causa. Había en la sala cerca de una docena de abogados, varios de los cuales mojaban la pluma en sus tinteros sin levantar la vista. Otros revisaban documentos afanosamente, también sin levantar la vista para mirar al recién llegado. Los demás gesticulaban en dirección a los procuradores, para llamar su atención acerca de cualquier asunto. Varios ujieres y funcionarios del tribunal se acercaban uno tras otro hasta el juez para llevarle distintos documentos. Un oficial empujaba con su vara una nota, sobre la mesa del fiscal, para hacérsela llegar. A la vista de la palidez que todos los allí reunidos mostraban, parecía evidente que estaba el juez Harbottle ante el Alto Tribunal de Apelación, que no cesaba en sus funciones ni de día ni de noche. Un aire de melancólico cansancio se percibía en todos los presentes. Nadie esbozaba una sonrisa. Parecían sufrir, por el contrario.
—¡El rey contra Elijah Harbottle! —proclamó entonces un oficial.